Restaurante El Refugio

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Rafael de Luis

Mi primer trabajo remunerado consistió en acompañar a un fotógrafo, pobre y flaco, por unos cuantos colegios rurales. Yo me ocupaba de «arreglar» a los niños, pasarles un peine por sus remolinos asilvestrados y ponerles la cabezota en la posición adecuada. Miguel -le llamaré así- preparaba los focos y, una vez asegurado de todos los detalles, apretaba el disparador. Fue un trabajo secreto, pues yo no tenía ni los catorce años y me «pelaba» las clases sin permiso ni conocimiento, ni materno, ni paterno, ni propio. Luego volvíamos en la furgoneta y Miguel me dejaba en la esquina de mi casa.

Mi primera novia fue la hija de un fotógrafo, gordo y bien situado, con estudio propio. Era un tipo muy sonriente, medio calvo y dipsómano, de rasgos casi orientales. La muchacha heredó sus ojos de chino, y más tarde el negocio, que todavía existe. Nunca olvidaré sus íntimos rincones, la piel rosada, los negativos colgando de unas pinzas, la luz roja en la que nos sumergíamos ardiendo como entrelazadas sepias en una parrilla.

Tiempo después colaboré con otro fotógrafo, Rafael de Luis, que había montado un «video-wall» sobre el Tirant lo Blanc en el palacio de los Borgia, en Gandía. Durante los pases públicos yo apretaba botones y enchufaba cables. Por las noches recorría los pasillos ocultos de la casa natal de san Francisco, general de los jesuitas, que abundaban en objetos clericales, cuadros barrocos y capillas neogóticas.

Los años han transcurrido (con su velocidad acostumbrada), y Rafael de Luis es ahora un icono de los fotógrafos, un santo eremita de la imagen, un testigo del tiempo paralizado. Es -se lo dije hace unos días- un cabezota, un empecinado, pues en el siglo del simulacro, de los selfies y de los vídeos tontainas él sigue a la suya, persiguiendo el momento exacto, atrapando la vida, congelando rostros y paisajes callejeros, o industriales, o visiones críticas del alma. Rafael es alto y flaco, como el Miguel de mi infancia, y tiene un hablar pausado con el que describe, meneando mucho los brazos, aquellos escenarios que le buscan, le llaman, le rodean, esperando ser captados dócilmente por su cámara. «El trabajo de un fotógrafo -afirmaba al otro día, levantando una copa de orujo- consiste en escribir con la luz y con el tiempo». No se puede decir mejor.

La Valencia «perdida» de los ochenta puede verse, desde el jueves pasado, en el restaurante Refugio (c/ de Dalt, 42, València). Doce fotografías en blanco y negro de formato grande que hablan de gitanos, rastros, caballos, fachadas y arquitecturas. Anteriormente estuvieron expuestas en el MuVIM.